Podrán matar al poeta, pero no al poema
El papel del Booster Ed Martin y todo lo que rodeo y ensució la historia de los Fab Five
Este artículo lo escribí para el número 8 de la revista Fab Five Magazine, publicado el 12 de febrero de 2026. Una entrega dedicada a los grandes escándalos de la NCAA. Si te gusta el baloncesto universitario, descárgatela y disfruta. También puedes seguir el proyecto en redes sociales.
El 15 de noviembre de 1996, Maurice Taylor perdió el control del coche. El jugador de baloncesto de la Universidad de Michigan conducía un Ford Explorer de camino a casa de Ed Martin. ¿Un Ford Explorer? En el asiento de acompañante viajaba Mateen Cleaves, quien poco después se convertiría en una de las grandes figuras de Michigan State. Cuando la policía empezó a investigar el accidente, surgió una pregunta incómoda: ¿por qué un jugador universitario tenía un coche así? ¿Quién lo había comprado?
Al empezar a tirar del hilo, apareció un nombre que llevaba años moviéndose cerca del programa de baloncesto de Michigan.
El coche lo había pagado Ed Martin.
Lo que en un primer momento parecía un simple incidente de tráfico empezó a desencadenar una investigación mucho más amplia. Al revisar el entorno de Taylor, los investigadores volvieron a encontrar ese mismo nombre que llevaba años orbitando alrededor del programa: Ed Martin. No era un desconocido. Desde la década de 1980 mantenía relaciones con jugadores del equipo y con jóvenes promesas del baloncesto de Detroit.
Los investigadores empezaron a reconstruir su red de contactos. Aparecieron conversaciones, favores y ayudas económicas que no constaban en ningún registro oficial. Con el paso de los años fueron apareciendo más jugadores vinculados a Martin y el caso fue creciendo poco a poco, como una historia que nadie había querido mirar demasiado de cerca durante demasiado tiempo.
En 1999, varios de esos jugadores fueron llamados a declarar ante un gran jurado federal. Fue entonces cuando el alcance del caso empezó a quedar claro. La investigación terminó revelando que cuatro jugadores que más tarde llegarían al baloncesto profesional habían recibido dinero de Martin: Maurice Taylor, Chris Webber, Robert Traylor y Louis Bullock.
Entre todos habían tomado prestados 616.000 dólares.
Lo que parecía un accidente de tráfico había destapado uno de los mayores escándalos de pagos a jugadores en la historia del baloncesto universitario estadounidense.
Martin trabajó como electricista en el complejo River Rouge de la Ford Motor Company en Detroit y, según ESPN, dirigía paralelamente un “numbers game” en la fábrica. Era un sistema de apuestas ilegales muy común antes de que las loterías estatales se popularizaran: los trabajadores apostaban a números de la lotería oficial, los runners recogían las apuestas dentro de la planta y otro empleado hacía de banca. Martin empezó como runner cobrando comisiones y con el tiempo heredó toda la operación.
Después se convirtió en una figura muy conocida en el baloncesto local de Detroit. Seguía torneos de la AAU y partidos de la escuela Southwestern. Era lo que en el deporte universitario estadounidense se conocía como un booster.
¿Qué es un booster? En esencia, un aficionado con recursos. En muchos programas universitarios son empresarios locales, antiguos alumnos o seguidores adinerados que apoyan al equipo con donaciones o facilitan contactos. Pagan viajes, financian instalaciones o ayudan a organizar eventos. No forman oficialmente parte del programa, pero orbitan cerca de él.
La NCAA regulaba esa relación con rigor. Si un booster entrega dinero o regalos directamente a un jugador, este pierde su estatus de amateur y deja de ser elegible para competir. Sobre el papel, la norma es clara. En la práctica, el sistema siempre ha tenido zonas grises.
En Detroit, Ed Martin tenía fama de ayudar a los chavales. El error sería pensar que solo cuidaba a las grandes estrellas. Si algún chico había roto sus zapatillas de baloncesto o no tenía botas para el invierno de Michigan, Big Money Ed se aseguraba de que no le faltaran. La gente pobre en Detroit no iba a rechazar un par de zapatillas o 100 dólares el día de su cumpleaños. Todas esas cosas rompían las reglas de la NCAA, pero así era como se hacía. No te preocupas por romper reglas que quizá te afecten en el futuro; solo por el ahora.
“Cuando vayas a la NBA, acuérdate de mí”.
“Sí, sí, claro”.
Martin le dijo a Perry Watson, entrenador de Southwestern entre 1979 y 1991: “I make over 6 figures, I’m retired from Ford Motor Company, I’m an electrician, I can work doubles and triples”. No veía nada malo en su relación con los chavales ni con los programas de la ciudad. En los barrios más pobres ese tipo de ayuda no se cuestionaba demasiado.
Martin seguía a muchos jugadores desde que eran adolescentes. Conocía a sus familias, hablaba con sus entrenadores y asistía a sus partidos. Algunos lo veían como un benefactor local, alguien que echaba una mano cuando hacía falta. Pero Ed no solo ayudaba. También invertía dinero en los mejores jugadores con la expectativa de recuperarlo cuando llegaran a la NBA. Entre ellos, Chris Webber.



Webber era la gran estrella de Michigan a comienzos de los noventa, la figura más conocida de los Fab Five, el grupo de cinco freshmen que revolucionó el baloncesto universitario con su estilo, actitud e impacto cultural.
Durante los años noventa la relación con los jugadores siguió creciendo. En palabras de un periodista de Detroit, “eso parecía el Salvaje Oeste; jugadores y familiares hicieron un muy mal trabajo al ocultar todo el dinero”. Martin llegó a intentar pagar depósitos de apartamentos para algunos jugadores y ofreció vuelos a familiares para que asistieran a torneos.
Steve Fisher, el entrenador, frenó algunas de esas ayudas, pero cometió un error clave: nunca informó oficialmente a la universidad ni al departamento de cumplimiento. Cuando esas acciones salieron a la luz, Fisher fue despedido en 1997 por falta de vigilancia y control en su programa, apenas una semana antes de que empezaran los entrenamientos de la nueva temporada.
La investigación federal empezó a destapar un patrón que se remontaba a finales de los años ochenta. Martin llevaba años dando dinero a jóvenes jugadores de Detroit, algunos desde el instituto. Lo que durante años había parecido una relación informal entre un benefactor local y un programa universitario empezó a verse como algo mucho más serio: un sistema de préstamos, regalos y ayudas económicas que comprometía directamente el estatus amateur de los jugadores.
A finales de 1999, el caso parecía encaminarse a una resolución rápida. Ed Martin estaba dispuesto a declararse culpable y colaborar con la investigación. El acuerdo que negociaba con la fiscalía federal incluía revelar información sobre los pagos a jugadores de Michigan.
La idea era sencilla. Martin admitiría cargos federales por juego ilegal y evasión fiscal. A cambio afrontaría una pena relativamente corta: perder 100.000 dólares y cumplir entre seis y quince meses de prisión. También permitiría que él y su hijo conservaran sus viviendas.
Pero en mayo de 2000 Martin y su hijo cambiaron de idea. Decidieron retirarse del acuerdo y arriesgarse a un juicio. Calculaban que, como infractores primerizos, el castigo podría ser limitado. El riesgo era mayor: si eran declarados culpables, podían enfrentarse a cinco años de prisión y una multa de 250.000 dólares por cada cargo. Aun así, el juicio tenía una ventaja: no estaban obligados a cooperar con la investigación interna de la universidad.
Menos de una semana después, varios exjugadores fueron citados a declarar ante grandes jurados federales. En agosto de 2000 se confirmó que Robert Traylor y Louis Bullock, que entonces jugaban como profesionales en la NBA y en Italia, habían aceptado dinero de Martin. Parte de esos pagos se había producido incluso después de que Martin tuviera prohibido cualquier contacto con el equipo en 1997.
Ambos jugadores terminaron por cooperar con las autoridades federales. También declararon ante el gran jurado Chris Webber, Jalen Rose y Maurice Taylor.
Mientras tanto, la investigación siguió avanzando. El padre de Webber también prestó testimonio secreto ante el gran jurado y los fiscales continuaron reuniendo pruebas durante casi tres años.
El 21 de marzo de 2002 llegó la acusación formal. El gran jurado presentó ocho cargos contra Martin, su esposa Hilda y su colaborador Clarence Malvo. Según la acusación, dirigían un negocio ilegal de apuestas dentro de la planta Ford River Rouge y habían participado en operaciones de lavado de dinero.
Los fiscales sostenían que Martin había otorgado préstamos por 616.000 dólares a Webber, Taylor, Bullock y Traylor para blanquear dinero proveniente del juego ilegal.
La acusación también detallaba la relación con Webber. Según los fiscales, Martin le había entregado unos 280.000 dólares entre 1988 y 1993, desde el instituto Detroit Country Day School hasta su segunda temporada universitaria en Michigan. El dinero se concedía con una idea clara: los jugadores lo devolverían cuando llegaran al baloncesto profesional.
Las consecuencias legales eran serias. Martin, su esposa y Malvo podían enfrentarse a cinco años de prisión y multas de hasta 250.000 dólares.
El proceso empezó a resolverse en la primavera de 2002. El cargo contra Hilda Martin se retiró como parte de un acuerdo. El 8 de abril, Malvo se declaró culpable de perjurio por mentir ante el gran jurado. El 28 de mayo, Martin aceptó declararse culpable de conspiración para lavar dinero y se comprometió a cooperar con las investigaciones federales, universitarias y de la NCAA.
Pero el caso dio otro giro.
Ed Martin murió el 14 de febrero de 2003 en el Hospital Henry Ford de Detroit a causa de una presunta embolia pulmonar. Estaba a la espera de la sentencia cuando falleció.
La muerte de Martin debilitó buena parte del caso federal por perjurio contra Chris Webber. En julio de 2003, un día antes de que comenzara la selección del jurado, el jugador alcanzó un acuerdo con la fiscalía. Se declaró culpable de un cargo menor de desacato para evitar una posible pena de cárcel. Admitió haber recibido y haber devuelto 38.200 dólares.
Para entonces, la universidad ya había tomado decisiones.
El 7 de noviembre de 2002, la presidenta Mary Sue Coleman y el director deportivo Bill Martin anunciaron sanciones internas. Michigan renunciaba a disputar la postemporada en la temporada 2002-03 y anulaba varias temporadas completas de su historial, incluida la 1992-93, así como todos los partidos de 1995-96 y 1998-99.
Eso borraba varios logros del programa: el título del NIT de 1997, el torneo Big Ten de 1998 y las participaciones en la Final Four de 1992 y 1993. La universidad también devolvió 450.000 dólares que recibió de la NCAA por participar en torneos de postemporada.




Ese mismo día se retiraron del Crisler Center las pancartas que recordaban aquellos éxitos.
Cuatro días después, el departamento de atletismo eliminó de los registros oficiales a Chris Webber, Maurice Taylor, Robert Traylor y Louis Bullock. Sus premios y estadísticas desaparecieron de la historia oficial del programa.
El 8 de mayo de 2003, la NCAA revisó el caso y aceptó las sanciones impuestas por la universidad, aunque añadió castigos propios: dos años adicionales de libertad condicional y la pérdida de una beca en las temporadas 2004-05 y 2007-08.
También ordenó que Michigan rompiera cualquier relación institucional con varios de los jugadores implicados. Robert Traylor, Maurice Taylor y Louis Bullock quedaron desvinculados hasta 2012. La sanción contra Chris Webber se extendió hasta 2013.
Durante ese periodo, Michigan no podía aceptar donaciones ni colaboración alguna de su parte.
El presidente del comité de infracciones, Thomas Yeager, describió el caso Martin-Michigan como una de las tres o cuatro violaciones más graves de las normas de la NCAA.
Las restricciones se mantuvieron durante una década.
La desvinculación de Webber, Taylor y Bullock se dio el 8 de mayo de 2013. Cuando la sanción expiró a medianoche, Webber escribió un breve mensaje en redes sociales:
“OK”.
Durante años la relación entre Webber y la universidad siguió siendo distante. No fue hasta el 3 de noviembre de 2018 que volvió públicamente al campus.
El entrenador de fútbol americano Jim Harbaugh lo invitó a actuar como capitán honorario en un partido contra Penn State en el Michigan Stadium.
Ante más de cien mil personas fue recibido con una ovación.
Más tarde recordaría aquel momento diciendo que sintió escalofríos y que se le llenaron los ojos de lágrimas. El entrenador de baloncesto John Beilein lo resumió de forma sencilla: su presencia allí era un paso en la dirección correcta.
Al mismo tiempo, la universidad reclamó a Webber 695.000 dólares en concepto de indemnización (con dos cojones). Fue el único jugador al que se le pidió ese dinero porque también fue el único que admitió haber mentido ante el gran jurado. Webber rechazó la petición y sostuvo que no había robado nada a la universidad.
Dile a un jugador que produjo miles de millones de dólares con su imagen, de la que nunca recibió un dólar, que veía que su camiseta se vendía por 75 dólares, los contratos televisivos, el Chrysler hasta la bandera que encima devuelva dinero.
Pudieron borrar todo lo relacionado con los Fab Five. Pudieron retirar pancartas, anular temporadas y eliminar nombres de los registros.
Pero no pudieron borrar lo que significaron.
Su puesta en escena.
Los pantalones holgados.
Los calcetines negros subidos hasta arriba.
Las zapatillas negras.
Y cómo cambiaron el baloncesto universitario.
En palabras de Jalen Rose:
“Nuestro legado es que éramos más grandes que el marcador del partido. ¿Queríamos ganar dos campeonatos? Sí. Pero no lo hicimos. ¿Dime quién ganó el campeonato tres o cinco años después? ¿Dime los cinco titulares de North Carolina que nos ganaron?”
O como dijo Juwan Howard:
“He jugado en Miami con LeBron, Wade y Bosh, y no me conocen por el Juwan Howard de los Heat. Me conocen por el Juwan Howard de los Fab Five”.
Podrán matar al poeta, pero no al poema.





